Análisis en profundidad

El transhumanismo: qué es y qué pretende

Del Homo sapiens al llamado posthumano. En el movimiento transhumanista subyace la convicción de que el progreso tecnológico y científico es el mecanismo para mejorar las capacidades físicas y cognitivas de los seres humanos. Los riesgos del biohacking y para la privacidad

06 Oct 2022

Redacción InnovaciónDigital360

Transhumanismo

El término «transhumanismo» se refiere a esa corriente cultural, especialmente extendida en la zona de Silicon Valley, que aboga por la transición del Homo sapiens al llamado posthumano.

En la base del movimiento transhumanista está la convicción de que el progreso tecnológico y científico representa el mecanismo para la mejora de las capacidades físicas y cognitivas del ser humano, que llegaría a ser capaz de superar sus limitaciones actuales, incluso hasta el punto de superar el envejecimiento y la propia muerte.

Transhumanismo, qué es, historia

Se trata, por tanto, de un nuevo paso evolutivo, en el que el ser humano ya no es un mero sujeto pasivo de la propia evolución, sino que es el autor de la misma y guía su dirección, interviniendo en el progreso tecnológico.

Aunque la palabra transhumanismo apareció por primera vez en la década de 1950, la aparición de esta ideología, tal y como la entendemos hoy, ha ido ganando terreno desde la década de 1980, gracias en parte al pensamiento de uno de sus «padres fundadores», Max More, que definió el transhumanismo como aquella clase de filosofías que, a través de la tecnología y la ciencia, buscan la continuación y aceleración de la evolución de la «vida inteligente» más allá de su forma y limitaciones humanas.

La ambición última del transhumanismo, por tanto, es la realización de una mejora del Homo sapiens, así como la liberación progresiva de los límites determinados por la corporeidad. Para hacer realidad este objetivo, es necesario un proceso de hibridación de las características y componentes biológicos humanos con las máquinas a través de la tecnología y de nuevas ciencias como la biorobótica, la bioinformática, la nanotecnología y la neurofarmacología.

Este proceso de hibridación podría adoptar la forma de instalar componentes artificiales y tecnológicos en el cuerpo biológico del ser humano para mejorarlo hasta el punto de poder sustituir completamente el cuerpo biológico por uno tecnológico. A su vez, el abandono del cuerpo biológico podría lograrse mediante la «carga de la mente», es decir, descargando los datos y la información de la mente humana, que luego se «cargaría» en un soporte robótico. Incluso se especula que el cerebro humano podría subirse directamente a la nube.

Organizaciones del transhumanismo: la Fundación Alcor de Extensión de la Vida

Entre las organizaciones más importantes que trabajan en la mejora del Homo sapiens hasta la fecha se encuentra la Fundación Alcor para la Extensión de la Vida, que ha centrado su investigación en la criostasis en un intento de «luchar» contra la muerte.

En esencia, Alcor, mediante cilindros llenos de nitrógeno líquido, conserva los cuerpos o cabezas de seres humanos fallecidos para «despertarlos» (o «devolverles la vida») en un momento dado o para transferir los cerebros dentro de un cuerpo artificial o un ordenador.

transhumanismo

Del transhumanismo a los ciborgs

El transhumanismo nos lleva así a la era de los llamados ciborgs. Por muy científica que parezca esta afirmación, la era de los ciborgs no está tan lejos de la realidad actual. Los cíborgs (u «organismos cibernéticos») no son en realidad más que seres humanos a los que se aplican o implantan componentes mecánicos y tecnológicos. Pongamos algunos ejemplos que nos ayuden a entender cómo, en realidad, los cíborgs ya están entre nosotros.

En particular, pensemos en los electrodos implantados en el cerebro de los enfermos de Parkinson para reducir los síntomas motores debilitantes típicos de la enfermedad, el implante coclear (es decir, la implantación de un oído artificial electrónico capaz de restablecer la percepción auditiva en personas con sordera profunda) hasta el marcapasos implantado en el tórax (es decir, el dispositivo electrónico que permite controlar las anomalías del ritmo cardíaco), pasando por el exoesqueleto (es decir, un dispositivo cibernético externo capaz de potenciar las capacidades físicas del usuario que lo lleva y que representa una especie de «músculo artificial» muy útil, sobre todo, para mejorar la calidad de vida de las personas con graves discapacidades).

Un vídeo que nos muestra cómo los exoesqueletos son una gran ayuda en la vida cotidiana

Questi 7 esoscheletri stanno rivoluzionando il modo di muoversi e lavorare | Insider Italiano

Por lo tanto, en todos estos casos se trata de seres humanos a los que se les sustituyen determinadas partes biológicas o se combinan con dispositivos artificiales para restablecer el funcionamiento completo del organismo o para mejorarlo.

Otro ejemplo de tecnología en desarrollo que podría convertirnos en cíborgs es el de la «interfaz cerebro-ordenador» (denominada BCI), que básicamente pretende crear un canal de comunicación directo entre el cerebro humano y los ordenadores. En otras palabras, el objetivo de la ICB es permitir la «comunicación telepática» con un dispositivo electrónico, lo que, por ejemplo en el ámbito médico, permitiría a un discapacitado guiar su silla de ruedas con el poder de la mente.

Esto no es ciencia ficción. Recientemente, la empresa Neuralink ha conseguido que un mono juegue al ping-pong utilizando solo el poder del pensamiento.

El vídeo, que comienza en el minuto 1:36, muestra al mono Pageril jugando al ping-pong con el joypad desconectado del ordenador

Pero pensemos también en el hecho de que los seres humanos utilizan ahora la tecnología, incluidas las soluciones controladas por algoritmos de aprendizaje automático, para realizar la mayoría de las actividades cotidianas, como por ejemplo ser guiados por una App para elegir la ruta más adecuada para llegar a un determinado destino. Hoy en día, el ser humano depende casi visceralmente de la tecnología, que se percibe como un componente de sí mismo.

¿Y si esta misma adicción ya es suficiente para considerarnos cíborgs? Como dice el escritor y periodista irlandés Mark O’Connell en su libro «To be a machine» (Ser una máquina): «Si no puedes usar tu smartphone por la razón que sea -porque lo has dejado en otra chaqueta, o la batería está agotada, o la pantalla está rota-, ¿qué sientes? ¿El extraño cosquilleo de un miembro fantasma? ¿No somos, como dicen en el círculo de filósofos, ya cíborgs?»

Los orígenes del transhumanismo: la «singularidad tecnológica

El pensamiento transhumanista tiene sus raíces en la llamada «singularidad tecnológica», un concepto desarrollado por el matemático Vernor Vinge y descrito en su ensayo de 1993 «Technological Singularity», en el que afirma que «dentro de 30 años tendremos los medios tecnológicos para crear una inteligencia sobrehumana». Poco después, la era de los seres humanos llegará a su fin».

La singularidad tecnológica se refiere al momento en que el progreso tecnológico se acelerará más allá de la capacidad de los seres humanos para comprender y predecir. La singularidad tecnológica, que según algunos futurólogos se hará realidad ya en 2045, cuando la capacidad de cálculo de los ordenadores supere a la de los cerebros humanos, es un «corolario» del principio de que la evolución tecnológica tiende a seguir un proceso exponencial, tal como lo define la «Ley de los rendimientos acelerados». Según esta ley de la futurología, el ritmo del progreso tecnológico es una función exponencial y no lineal; es decir, cada nuevo avance posibilita múltiples avances de nivel superior en lugar de un único avance, con la consecuencia de que cada año se realizan más inventos y descubrimientos útiles que en el año anterior.

Kurzweil y la «ley de rendimientos acelerados”

La Ley de rendimientos acelerados, propuesta por el inventor e informático Ray Kurzweil en su ensayo «The Law of Accelerating Returns», es en realidad una extensión de la Ley de Moore, según la cual la complejidad de los microcircuitos, medida por ejemplo por el número de transistores por chip, se duplica periódicamente, cada 18 meses. Moore describe una tendencia de crecimiento exponencial en la complejidad de los circuitos integrados; Kurzweil incluye en esta tendencia de crecimiento las tecnologías anteriores a los circuitos integrados y cree que este crecimiento exponencial continuará en el futuro más allá del uso de los circuitos integrados con la llegada de las tecnologías que conducirán a la singularidad.

Según la opinión de Kurzweil, aunque el aumento exponencial del rendimiento de los microchips se ha ralentizado desde la década de 2000, la adopción de nuevas tecnologías determina un punto de discontinuidad en la curva exponencial, a partir del cual se inicia una nueva tendencia exponencial.

Para una gran parte de los futurólogos, la singularidad tecnológica se alcanzará, en particular, a través de la inteligencia artificial, ya que contribuirá a la aplicación de tecnologías nuevas y emergentes mucho más rápido que en el pasado, repercutiendo también en nuestra comprensión de nosotros mismos como seres humanos.

Interfaz hombre-máquina

La conclusión que se extrae del supuesto cumplimiento de la singularidad tecnológica es que, ante la evolución masiva de la tecnología, y de la inteligencia artificial en particular, el ser humano se verá abocado a «fusionarse» con las máquinas para no sucumbir ante ellas.

En otras palabras, el resultado de la singularidad tecnológica será la interfaz hombre-máquina.

El objetivo de crear una interfaz entre el cerebro humano y las máquinas está en el centro de los trabajos de la citada Neuralink Corporation, que trabaja en un dispositivo que puede implantarse en el cerebro humano y está dotado de unos 1.024 microelectrodos conectados a un chip, también a implantar en el cerebro, capaz de recoger las señales registradas por los microelectrodos y transmitir los datos recogidos hasta 10 metros, de forma inalámbrica. El sistema, que permite monitorizar los impulsos cerebrales y «predecir», gracias a la inteligencia artificial, los impulsos siguientes a los detectados, aspira a su aplicación en el ámbito médico. El dispositivo Neuralink, de hecho, se creó con el objetivo principal de permitir a los enfermos de parálisis utilizar dispositivos electrónicos con el poder de la mente.

Biohacking, qué es el hackeo del ser humano

Una manifestación del pensamiento transhumanista puede encontrarse ciertamente en el llamado biohacking, que consiste, precisamente, en la práctica de modificar la química y la fisiología humanas mediante la ciencia, la tecnología y la autoexperimentación, con el fin de mejorar y potenciar el rendimiento y las capacidades humanas.

De hecho, existen diferentes ramas del biohacking: desde las más «suaves», que pretenden mejorar el cuerpo y el cerebro humano a través de dietas y ejercicios específicos, hasta las que contemplan el uso de sustancias nootrópicas o implican la implantación de dispositivos tecnológicos, y finalmente las que pretenden modificar el propio ADN humano a través de la ingeniería genética.

En todos estos casos, el objetivo común es el mismo: mejorar el cuerpo y el cerebro humanos.

Por ejemplo, las sustancias nootrópicas (o «drogas inteligentes») son sustancias naturales o sintéticas que suelen actuar alterando los niveles neuroquímicos, enzimáticos u hormonales del cerebro, aumentando las capacidades cognitivas y, por tanto, mejorando la atención, la memoria y la velocidad de razonamiento y aprendizaje.

Aunque la experimentación en el campo de las drogas inteligentes es especialmente activa, no tenemos constancia de que, hasta la fecha, se hayan sintetizado nootrópicos capaces de hacernos vivir como en la película ‘Limitless‘, donde el protagonista, gracias a la toma de una droga nootrópica experimental llamada NZT, consigue transformarse en un auténtico superhombre.

Limitless (2011) Official Trailer #1 - Bradley Cooper Movie

Tráiler de la película «Limitless

Hoy en día, hay sustancias que incluso nos permiten ver en la oscuridad. Es el caso de la Clorina E6, una sustancia patentada por un grupo de estudiantes californianos para contrarrestar el fenómeno de la ceguera nocturna. Al verter unas gotas del compuesto en el ojo, es posible identificar objetos en un radio de unos 50 metros en la oscuridad.

clorina E6

La foto muestra el aspecto de los ojos humanos tras la exposición a la clorina E6

Por tanto, en la «comunidad biohacker» está especialmente extendida la práctica de implantar dispositivos en el cuerpo humano, aspecto que nos remite al concepto de cíborg. Es típico el caso de la implantación de chips RFID bajo la piel, que permiten abrir puertas, pagar bienes y almacenar información de contacto, o la implantación de pequeños imanes subcutáneos que permiten al ser humano levantar objetos metálicos e incluso percibir campos magnéticos.

chip RFID

Radiografía de una mano en la que se ha implantado un chip RFID

Transhumanismo: riesgos para la privacidad

Uno de los mayores temores relacionados con el transhumanismo y el biohacking se refiere a la privacidad, que podría verse gravemente comprometida.

En general, el desarrollo de las nuevas tecnologías hace muy complejo mantener la privacidad de la información personal. Las tecnologías propias del pensamiento transhumanista son aún más invasivas en nuestras vidas precisamente porque pretenden la integración de la máquina con el cuerpo y el cerebro humanos.

Por ejemplo, la implantación de una cámara de vídeo como sustituto de un ojo humano supone un claro riesgo de vulneración de la intimidad de cualquiera que acabe involuntariamente en su punto de mira.

Del mismo modo, hay que preguntarse, en el caso de la implantación de chips, dónde y cómo se almacena la información relevante y con qué medidas de seguridad se protege.

Los riesgos de la ciberdelincuencia

Los mayores problemas para el transhumanismo, por tanto, surgen cuando entran en juego los datos sobre el estado de salud, como los relativos a la predisposición genética a determinadas enfermedades, que, como es fácil suponer, serían el principal objetivo de los grupos farmacéuticos o las compañías de seguros.

Paralelamente, surge el problema de los ciberataques; la ciberdelincuencia podría «apuntar» a estas nuevas tecnologías, no solo para robar los datos personales de la víctima prevista, sino también para cometer delitos, explotando las partes biónicas de los ciborgs.

El uso de todas estas nuevas tecnologías, por tanto, no puede dejarse al azar, sino que requerirá una regulación más específica.

Conclusiones

En cualquier caso, la posible conversión del Homo sapiens en cíborgs no debería asustarnos.

Más allá de los perfiles puramente éticos relacionados con el pensamiento transhumanista y las prácticas de biohacking, hay dos factores principales que deben tenerse en cuenta para emitir un juicio de valor sobre ellos: en particular, hay que tener en cuenta, por un lado, la necesidad, inherente a la propia naturaleza del ser humano, de mejorarse a sí mismo y, por otro, el progreso constante e imparable de la tecnología, que está adquiriendo una especie de «autorreferencialidad».

Teniendo en cuenta estos dos elementos innegables, queda claro, por tanto, que el ser humano, en su propia evolución, se sirve de la tecnología y que su eventual «transformación» en un híbrido hombre-máquina aparece como la consecuencia más probable y evidente de este proceso, elegido, además, por el propio hombre. En efecto, como se ha señalado desde el principio, en el contexto de este nuevo paso evolutivo, el ser humano ya no es un sujeto pasivo, sino que es el autor de la propia evolución en virtud de su intervención en la tecnología.

Ignorar un proceso evolutivo por miedo a lo desconocido no nos ayudará, desde luego, a comprenderlo y gestionarlo mejor. En cambio, la conciencia de su ocurrencia puede ser la mejor herramienta para evitar y prevenir cualquier riesgo asociado al «cambio» del ser humano

Por Flavia Maltoni

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