El reconocimiento facial dejó de ser una tecnología exclusiva de grandes organizaciones y empieza a transformar la forma en la que empresas y usuarios gestionan sus accesos.
Durante años, entrar a una oficina, un banco o un edificio corporativo implicó desde usar una llave tradicional hasta pasar una tarjeta, recordar un PIN o utilizar algún otro mecanismo de identificación. Ahora, esa infraestructura empieza a cambiar debido a que el rostro se está convirtiendo en la propia credencial de acceso.
Gracias al avance de la inteligencia artificial, la velocidad y precisión del reconocimiento facial ha mejorado, lo que redujo considerablemente los requerimientos de infraestructura y extendió el universo de organizaciones que pueden incorporar esta tecnología.
Para Ricardo Miralha, business development manager de HID, la pandemia fue uno de los principales puntos de inflexión para esta industria. “Antes de la pandemia, cuando se hablaba de biometría, la tecnología que más se utilizaba eran las huellas dactilares”, explicó Miralha en diálogo con InnovaciónDigital360.
El rechazo a tocar dispositivos durante la pandemia aceleró la búsqueda de alternativas sin contacto y generó una fuerte expansión del reconocimiento facial.

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Del control con huella al acceso con la cara
Según Miralha, el mercado atravesó una rápida evolución tecnológica después de la pandemia. La aparición de nuevos fabricantes y el desarrollo de algoritmos de inteligencia artificial hicieron que los sistemas fueran más eficientes y accesibles.
El cambio también aumentó los escenarios de uso. Lo que antes se asociaba principalmente con grandes corporaciones o instalaciones que requerían niveles elevados de seguridad comenzó a aparecer en oficinas, gimnasios, edificios residenciales y organizaciones de distintos tamaños.
La lógica es simple: en lugar de depender de un elemento que el usuario debe llevar consigo, el sistema identifica a la persona a partir de sus características biométricas.
“La idea es dar más comodidad y seguridad para la gente que utiliza el control de acceso”, señaló Miralha. Gracias a este avance, el usuario puede ingresar simplemente con su rostro, sin necesidad de portar una credencial física o utilizar una aplicación en el teléfono.
Sin embargo, el desafío se da cuando en una misma empresa se busca más de un método de autenticación como, por ejemplo, edificios corporativos que reciben visitantes, los cuales no registran sus datos biométricos por ser una visita aislada.
Según el especialista, esta necesidad fue detectada por la empresa, por lo que desarrollaron dispositivos que vayan en esta línea.
HID Amico, la plataforma que la compañía comenzó a comercializar en Argentina, combina reconocimiento facial con otros mecanismos de autenticación: credenciales físicas, PIN, código QR y credenciales digitales.
En otras palabras, el dispositivo integra cinco métodos de autenticación en uno. La empresa también ofrece versiones con pantallas táctiles de 3,5 y 7 pulgadas.
De esta forma, la estrategia incorpora a la biometría dentro de sistemas que pueden seguir utilizando diferentes tipos de credenciales.

El desafío de seguridad cuando el rostro se convierte en la credencial
La comodidad tiene, sin embargo, una contracara. Una tarjeta puede bloquearse o reemplazarse. Una contraseña puede modificarse. El rostro de una persona, en cambio, es una característica física que no puede cambiarse con la misma facilidad.
Por eso, Miralha explicó a este medio que el reconocimiento facial tiene un desafío particular de seguridad: el sistema tiene que ser capaz de determinar que frente al lector hay una persona real y no una imagen utilizada para intentar suplantar su identidad.
El experto recordó que los rostros de las personas están en muchos lugares, como en las redes sociales, por lo que la tecnología debe ser capaz de detectar un intento de suplantación, algo que perfeccionaron en HID.
Qué pasa con los datos biométricos que entrega una persona
En Argentina, los datos biométricos que permiten identificar a una persona son considerados datos personales. La Agencia de Acceso a la Información Pública destaca que incluyen características físicas, fisiológicas o conductuales obtenidas mediante un tratamiento técnico específico.
La normativa argentina, además, establece obligaciones vinculadas con la información al titular, la finalidad del tratamiento, la seguridad y la posibilidad de solicitar la rectificación o supresión de los datos cuando corresponda.
Miralha explicó que, según la arquitectura de HID, el dispositivo no almacena la imagen del rostro del usuario como tal. En su lugar, trabaja con una representación matemática o template generada a partir de determinadas características faciales.
La diferencia es fundamental porque el diseño de un sistema biométrico no depende solamente de qué tan bien reconoce una cara, sino también de cómo recolecta, transmite, almacena y elimina la información utilizada para identificarla.
La pregunta se vuelve todavía más concreta cuando se piensa en espacios con una alta rotación de usuarios. Un gimnasio puede incorporar reconocimiento facial para que sus clientes entren sin tarjetas ni teléfonos.

No obstante, si una persona deja de ser socia, aparece una cuestión que no existe de la misma manera con una llave física: ¿qué sucede con su registro biométrico?
Miralha explicó que HID provee el lector y una API abierta, mientras que el software integrado es el encargado de administrar los datos. Por eso, la conservación y eliminación de la información depende también de cómo esté diseñada la solución que administra esos registros.
La distinción es importante porque el dispositivo que reconoce al usuario y el sistema que administra su identidad no necesariamente son la misma cosa. En Argentina, la Ley 25.326 contempla entre las operaciones de tratamiento de datos la recolección, conservación, almacenamiento, modificación, bloqueo y destrucción de información personal.
También obliga al responsable de una base de datos a adoptar medidas técnicas y organizativas para preservar su seguridad y confidencialidad. En otras palabras, importa cuánto tiempo permanece la información, quién puede acceder a ella, para qué se utiliza y qué ocurre cuando deja de ser necesaria.
Una de las alternativas que empieza a ganar espacio es el modelo conocido como template-on-card. En lugar de almacenar las plantillas biométricas de todos los usuarios en una base de datos centralizada, la información puede guardarse en la propia credencial.
La lógica detrás de este esquema apunta a reducir la superficie de exposición de la información biométrica y distribuir el riesgo. Por lo tanto, el avance de esta tecnología no pasa únicamente por lograr que una cámara reconozca una cara en pocos segundos, sino que también implica resolver cómo se protege esa identidad, durante cuánto tiempo se conserva y qué ocurre con ella cuando una persona deja de necesitar el acceso.








