Durante años, Fluidstack pasó casi inadvertida fuera del círculo más técnico de la inteligencia artificial. La empresa británica nació con una idea bastante más modesta que la que hoy sostiene su negocio: conectar computadoras con capacidad ociosa con investigadores que necesitaban potencia de procesamiento. Menos de una década después, aquella startup se convirtió en una pieza relevante de los planes de Google para expandir sus chips de inteligencia artificial y alcanzó una valuación superior a US$ 18.000 millones.
Detrás de la compañía aparecen tres nombres: Gary Wu, de 31 años; Jamie Cox, de 29; y César Maklary, también de 29. La nueva valuación convirtió a los tres cofundadores en multimillonarios, de acuerdo con las participaciones accionarias que figuran en documentos corporativos.
La historia comenzó en 2017, cuando Cox estudiaba literatura clásica en la Universidad de Oxford y conoció a Wu, estudiante de Economía. Ambos detectaron un problema que con el tiempo se volvió central para la industria tecnológica: conseguir capacidad informática suficiente para proyectos vinculados con inteligencia artificial.
Por entonces, la propuesta de Fluidstack era bastante sencilla. Algunos usuarios contaban con potentes equipos para videojuegos que permanecían sin uso durante buena parte de la semana, mientras investigadores y estudiantes de doctorado sufrían dificultades para acceder a recursos informáticos.
“Pensamos que había un mercado ahí”, explicó Maklary durante una presentación en YouTube en 2024.
El despegue, de todos modos, no llegó de inmediato. Cox y Wu incluso desarrollaron otro proyecto en paralelo: Treecard, una tarjeta de reembolso vinculada con la financiación de plantación de árboles. Esa compañía captó más de US$ 30 millones hasta 2022, aunque cerró en abril de 2026.
Fluidstack tomó otro rumbo. Durante la pandemia comenzó a alquilar bloques completos de GPU a laboratorios universitarios y corporativos. Más tarde sumó como clientes a compañías como Poolside, Mistral y Character.ai.
El lanzamiento de ChatGPT modificó la escala del negocio. La necesidad de infraestructura para inteligencia artificial se disparó y Fluidstack pasó a gestionar supercomputadoras con miles de GPU instaladas en centros de datos de terceros. En 2024, sus ingresos superaron los US$ 66 millones, según las últimas cuentas públicas que presentó en Reino Unido.
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El salto que cambió la escala de Fluidstack
La gran transformación apareció con los centros de datos y, en especial, con el vínculo con Google y Anthropic.
Google utiliza hace más de una década sus propios chips de inteligencia artificial, conocidos como TPU —Tensor Processing Units—. Durante años, otras compañías accedieron a esa tecnología principalmente a través de Google Cloud. Pero el gigante tecnológico comenzó a impulsar la venta directa de esos procesadores como una alternativa a las GPU de Nvidia.
En octubre de 2025, Anthropic acordó comprar hasta 1 millón de TPU de Google para entrenar y operar futuras generaciones de Claude. El movimiento abrió una oportunidad enorme para Fluidstack: alguien debía construir y operar parte de la infraestructura necesaria para alojar esos equipos.

Un mes después, Anthropic anunció una inversión de US$ 50.000 millones en nuevos centros de datos que Fluidstack construiría. La cifra equivale, aproximadamente, al costo asociado con 1 gigavatio de capacidad informática.
De ese modo, la startup quedó en el centro de uno de los mayores despliegues de infraestructura vinculados con inteligencia artificial y se convirtió en el primer operador de centros de datos de TPU conocido públicamente fuera de Google.
La velocidad constituye una de sus principales cartas comerciales. Un informe para inversores sostiene que Fluidstack puede construir un centro de datos en apenas tres meses, mientras proyectos comparables de gigantes como Google, Amazon o Meta pueden demandar al menos un año.
Ese atributo llamó la atención de compañías que necesitan asegurar grandes cantidades de energía y capacidad informática en plazos cada vez más cortos.
Una valuación que saltó en pocos meses
El crecimiento del negocio tuvo su correlato en el mercado de capitales. En julio, Fluidstack anunció una ronda de US$ 750 millones que valuó la empresa en US$ 7.500 millones. La operación estuvo encabezada por Situational Awareness, el fondo de Leopold Aschenbrenner.
Después llegó un salto todavía mayor.
La compañía cerró otra ronda por US$ 1.500 millones, liderada por Jane Street, que llevó su valuación por encima de US$ 18.000 millones, según fuentes cercanas a la empresa citadas en el material.

Fluidstack y distintos socios también acumularon más de US$ 15.000 millones en deuda para financiar proyectos de infraestructura.
El tamaño que pretende alcanzar explica buena parte del interés de los inversores. Un documento de inversión estima que durante 2026 la empresa podría gestionar hasta 1,3 gigavatios distribuidos en más de diez centros de datos. Sus ingresos, según esas proyecciones, llegarían a US$ 660 millones, frente a unos US$ 200 millones del año anterior.
Para 2030, la ambición resulta todavía mayor: operar instalaciones con más de 17 gigavatios de capacidad. La propia compañía incluso comunicó en búsquedas laborales un objetivo de 50 gigavatios para esa fecha.
De Oxford a los gigantes tecnológicos
Fluidstack también aseguró contratos para utilizar energía disponible en instalaciones de empresas vinculadas con la minería de bitcoin, entre ellas TeraWulf, Cipher Mining y Hut 8. Google apareció como garante de compromisos multimillonarios relacionados con algunos de esos acuerdos.
A la lista de clientes se sumaron nombres como Meta, Jane Street y Black Forest Labs.
La expansión también llevó a la empresa a Estados Unidos. Fluidstack, que hasta diciembre tenía su sede en Londres, trasladó su base a Nueva York. En Arizona alquiló dos edificios que reúnen más de 93.000 metros cuadrados, mientras también avanzó con proyectos en Texas.
El respaldo financiero reúne a algunos de los nombres más importantes de Wall Street y Silicon Valley. Entre sus accionistas figuran BlackRock, Atreides Management y Charlie Songhurst, miembro del directorio de Meta. Fuentes cercanas a la compañía también mencionaron inversiones de Alphabet y Spark Capital.
Hay, sin embargo, una ausencia llamativa: Nvidia. La empresa de chips destinó miles de millones de dólares a compañías de infraestructura de inteligencia artificial como CoreWeave, Nebius y Crusoe, pero no aparece entre los inversores de Fluidstack.
La compañía que Wu y Cox comenzaron en Oxford con recursos limitados y una propuesta basada en computadoras ociosas ahora juega una partida completamente distinta. Su negocio pasó de alquilar capacidad de GPU a participar en proyectos multimillonarios de centros de datos para algunos de los mayores actores de la inteligencia artificial.
Y para sus tres fundadores, todos apenas por encima o por debajo de los 30 años, el cambio también resultó extraordinario: la empresa que durante años casi nadie fuera del sector conoció quedó valuada en más de US$ 18.000 millones.








