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Por qué la nube se convierte en “el nuevo pasaporte” de la carne y la soja argentina para exportación



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Desde diciembre, los compradores europeos deberán demostrar que las materias primas no proceden de zonas deforestadas. Plataformas digitales, imágenes satelitales y registros públicos serán claves para reconstruir el recorrido de cada producto desde el campo hasta el puerto.

Publicado el 12 de jul de 2026

Nicolás Della Vecchia

Jefe de redacción



exportaciones, comercio exterior.

Un embarque de carne bovina que parte desde un frigorífico argentino rumbo a Europa ya viaja acompañado por certificados sanitarios, documentos aduaneros y registros comerciales. A partir del 30 de diciembre de 2026, sin embargo, sus compradores necesitarán una evidencia adicional: la historia digital de los animales que originaron el producto.

Deberán conocer en qué establecimientos estuvieron, comprobar que esos campos no fueron deforestados después de 2020 y reunir información suficiente para evaluar el riesgo antes de colocar la mercadería en el mercado europeo. En la soja, el desafío será reconstruir el origen de los granos, incluso cuando producciones de diferentes campos hayan terminado almacenadas en un mismo silo.

El cambio responde al Reglamento de la Unión Europea sobre Productos Libres de Deforestación, conocido como EUDR. La norma incluye siete materias primas —ganado bovino, soja, café, cacao, madera, caucho y palma aceitera— y comenzará a aplicarse el 30 de diciembre de 2026 para operadores grandes y medianos. Las empresas pequeñas y microempresas tendrán, con algunas excepciones, hasta el 30 de junio de 2027.

Aunque el reglamento no obliga a utilizar un proveedor de servicios cloud, sus exigencias convierten a la nube en una pieza central. Para demostrar el origen de una tonelada de soja o de un corte de carne será necesario conectar mapas, movimientos físicos, documentos oficiales, imágenes satelitales y datos de diferentes empresas. El acceso a uno de los mercados más exigentes del mundo dependerá cada vez más de que esa información pueda recuperarse, cruzarse y entregarse a tiempo.

Europa convierte el lugar de origen en un requisito comercial

La transformación parte de una fecha: el 31 de diciembre de 2020. Para ser considerados libres de deforestación, los productos alcanzados no podrán proceder de terrenos desmontados después de ese límite. También deberán haber sido elaborados de acuerdo con la legislación vigente en el país productor y estar respaldados por una declaración de diligencia debida.

El operador europeo que introduce el producto en ese mercado tendrá la responsabilidad legal de presentar la declaración. Sin embargo, para completarla necesitará información generada miles de kilómetros antes, en campos, acopios, feedlots, plantas industriales, frigoríficos y puertos argentinos.

En el caso de la soja, la norma exige informar la geolocalización de todos los terrenos en los que se produjo la materia prima. Si una mercadería contiene granos procedentes de diferentes campos, deberán declararse todas las parcelas involucradas. Para el ganado, la trazabilidad es todavía más compleja: la información geográfica debe abarcar todos los establecimientos en los que permanecieron los animales, no solamente el campo de origen o la planta frigorífica.

La Argentina enfrenta la adaptación desde una posición particular. El país fue ubicado dentro de la categoría de riesgo estándar, que obliga a realizar una evaluación completa y establece que las autoridades europeas deberán controlar anualmente, como mínimo, al 3% de los operadores vinculados con productos originados en países de esa clasificación.

No se trata de un mercado marginal. En 2025, las exportaciones argentinas de bienes a la Unión Europea alcanzaron los US$8.486 millones y representaron el 9,7% de las ventas externas del país. Solo las exportaciones de carne bovina hacia ese bloque sumaron US$777 millones, frente a US$560 millones durante el año anterior.

El riesgo comercial no consiste únicamente en recibir una sanción. Antes de llegar a esa instancia, un importador puede decidir no comprar una partida si considera que la información de origen está incompleta o no permite descartar la existencia de deforestación. La falta de datos puede convertirse, así, en una barrera de acceso tan decisiva como un arancel o una exigencia sanitaria.

Del campo al puerto, la nube debe unir datos que estaban separados

La Argentina no parte de cero. La actividad agropecuaria ya genera registros de productores, establecimientos, movimientos animales, transporte de granos y operaciones comerciales. El problema es que esa información suele encontrarse distribuida entre organismos públicos, compañías privadas y sistemas que no necesariamente se comunican entre sí.

Para construir el nuevo pasaporte exportador será necesario relacionar el Registro Nacional Sanitario de Productores Agropecuarios, los documentos de tránsito animal, las cartas de porte electrónicas, los polígonos de los campos, los movimientos de mercadería y las imágenes satelitales utilizadas para analizar cambios en la cobertura del suelo.

Allí aparece el papel de las plataformas cloud.

La nube permite almacenar y procesar grandes volúmenes de datos, actualizar información desde distintos puntos de la cadena y conectar sistemas mediante interfaces digitales. También facilita que un exportador o importador consulte la documentación de una operación sin depender del envío manual de planillas, archivos y correos electrónicos.

La Unión Europea ya dispone de un sistema informático integrado a la plataforma TRACES en el que los operadores pueden crear y presentar sus declaraciones. La herramienta permite indicar el origen de los productos e incorporar información geográfica. Las presentaciones realizadas en su servidor oficial tienen valor legal y pueden ser examinadas por las autoridades competentes.

En el plano local, una de las principales respuestas es VISEC, una plataforma voluntaria creada para monitorear, reportar y verificar atributos ambientales, sociales y legales en las cadenas de soja y ganadería bovina. La iniciativa busca ofrecer trazabilidad desde el productor hasta el puerto, controlar stocks y respaldar la información mediante evidencias documentales y geoespaciales.

Sin embargo, digitalizar información no garantiza por sí mismo su validez. Un polígono mal trazado, un establecimiento desactualizado o un movimiento de hacienda que no fue registrado seguirán siendo inconsistencias, aunque estén alojadas en una plataforma avanzada. La tecnología puede ordenar y cruzar datos, pero no reemplaza la calidad del registro original ni la responsabilidad de cada integrante de la cadena.

El costo de no poder demostrar de dónde salió cada tonelada

El mayor desafío aparece cuando la identidad digital debe mantenerse junto con el producto físico. En la cadena sojera, granos provenientes de decenas de campos pueden mezclarse durante el almacenamiento y la industrialización. Si uno de esos orígenes es desconocido o no puede demostrar cumplimiento, el volumen completo podría perder su condición de trazable.

La Bolsa de Comercio de Rosario advierte que esta exigencia puede obligar a modificar procesos logísticos, separar mercadería, controlar stocks y administrar de manera más precisa la entrada y salida de granos. En otras palabras, un commodity que tradicionalmente se comercializaba como un producto intercambiable puede comenzar a requerir una cadena de custodia similar a la de una producción diferenciada.

En la ganadería, el problema adopta otra forma. Un animal puede pasar por un campo de cría, otro de recría, un feedlot y diferentes establecimientos antes de llegar al frigorífico. Para reconstruir ese recorrido, la identidad del bovino debe conservarse durante toda su vida y relacionarse con la ubicación de cada lugar por el que pasó.

La expansión de la identificación electrónica individual en la Argentina puede aportar una base para ese seguimiento. Pero el dispositivo colocado en el animal es solo el comienzo: el verdadero valor aparece cuando ese número se conecta con documentos de traslado, registros sanitarios, polígonos geográficos y datos del frigorífico.

La adaptación también puede generar una brecha dentro del sector. Las grandes empresas cuentan con más recursos para contratar especialistas, revisar proveedores e integrar sistemas. Los productores pequeños o los establecimientos con información incompleta podrían quedar relegados hacia compradores menos exigentes o enfrentar mayores costos para incorporarse a las cadenas exportadoras.

Por eso, la nube no debe entenderse solamente como una herramienta para cumplir una regulación ambiental. También se está convirtiendo en una nueva infraestructura comercial. Quien pueda demostrar rápidamente el origen de su producción, responder los pedidos de los compradores y conservar una pista de auditoría tendrá una ventaja frente a quien todavía dependa de registros fragmentados.

Hasta ahora, el pasaporte de los alimentos argentinos estaba compuesto principalmente por certificados sanitarios, documentos aduaneros y controles de calidad. Desde fines de 2026, también tendrá coordenadas, imágenes satelitales e historiales digitales.

La Argentina posee buena parte de la información necesaria para construirlo. La prueba decisiva será lograr que los datos acompañen a la carne y a la soja sin interrupciones desde el establecimiento productivo hasta el comprador internacional. En el nuevo comercio agroalimentario, no alcanzará con producir: también habrá que poder demostrar, campo por campo, cómo y dónde se produjo.


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