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Los bots ya son mayoría en la web y peligra la rentabilidad de internet



Dirección copiada

Los accesos automatizados alcanzaron el 53% en 2025 y los agentes de IA ya amenazan el negocio publicitario que financió la web abierta durante tres décadas.

Publicado el 22 de jun de 2026

Franco Della Vecchia

Secretario de Redacción



Persona navegando en internet.

La web cruzó una frontera que durante años pareció lejana. En algún tramo de 2025, los accesos automatizados superaron por primera vez a los humanos y llegaron al 53% del total, según el último informe de Imperva. El dato expone un cambio de poder en internet y golpea el corazón del negocio que financió a buena parte de la red durante tres décadas.

La señal preocupa porque no se trata solo de más bots. Fastly indicó a comienzos de junio que el tráfico de IA avanza 6,5 veces más rápido que el tráfico humano. La distancia se agranda trimestre tras trimestre y deja una pregunta incómoda para medios, plataformas, comercios y anunciantes.

¿Qué pasa con una web pensada para captar atención cuando del otro lado ya no hay una persona?

Hasta hace poco, el tráfico automatizado tenía actores bastante reconocibles. Había scrapers, rastreadores de buscadores, bots de fraude y sistemas que copiaban contenido o probaban vulnerabilidades. Todos formaban parte del costo operativo de internet. La novedad aparece con los agentes de IA, capaces de ejecutar tareas completas en nombre de un usuario.

Agentes de IA en internet.

Ese segmento dio un salto de casi 8000% durante el año pasado. El número muestra un cambio de conducta. Un agente puede buscar un pasaje, comparar pólizas, renovar una receta o encontrar el televisor más barato sin atravesar la experiencia comercial diseñada para una persona.

Antes de que un usuario abra otra pestaña, el agente ya recorrió una docena de sitios, comparó precios, leyó especificaciones, descartó avisos y completó la compra. No reaccionó a una promoción, no miró un banner y no dejó señales emocionales para interpretar. La operación terminó sin clics útiles para el modelo que sostuvo a la publicidad digital.

El anuncio perdió a su destinatario

Durante treinta años, internet se apoyó en la misma premisa. Una persona entraba a una página, veía un aviso y, en el mejor escenario para el anunciante, hacía clic. El primer banner de AT&T en HotWired, publicado en octubre de 1994, alcanzó una tasa de clics del 44%. Esa época instaló una idea poderosa. La atención humana podía medirse, venderse y convertirse en ingresos.

Los agentes alteran esa lógica. No tienen impulso de compra, no sienten urgencia ante una oferta limitada y no responden a la estética de una campaña. Para ellos, un aviso es ruido operativo. Su tarea consiste en cumplir una orden con el menor costo posible, no en dejarse persuadir por una marca.

El riesgo para Google, Meta y los editores de la web abierta aparece ahí. La publicidad digital necesita datos, impresiones y clics. Si el tráfico se vuelve cada vez más automático, esos insumos pierden calidad. Un sitio puede recibir visitas, pero no necesariamente recibir atención. Y sin atención humana, el inventario publicitario pierde parte de su valor.

IA Generativa, Inteligencia Artificial, IA

Los medios quedan en una posición delicada. Durante años, entregaron contenido a cambio de audiencia, datos propios y venta de publicidad. Con agentes que leen, extraen, comparan y se van, el intercambio se vuelve más frágil. El contenido alimenta respuestas o decisiones de compra, pero la visita ya no produce el mismo retorno económico.

La pregunta que empieza a recorrer el sector no es menor. Si el banner deja de ser el centro del negocio, ¿qué mecanismo lo reemplaza? Las suscripciones pueden cubrir una parte. Los acuerdos de licencia entre medios y laboratorios de IA abren otra vía. Pero la alternativa que ya empezó a mover dinero se parece menos a un aviso y más a un peaje.

La barrera de acceso gana poder

El cambio invierte la arquitectura comercial de la web. Durante décadas, el usuario fue el centro del negocio porque su atención podía venderse. Ahora, el agente aparece como un nuevo cliente, aunque no ofrece una mirada para monetizar. El sitio ya no cobra por mostrar un anuncio, sino por permitir el acceso a una máquina que quiere leer, comparar o extraer información.

Cloudflare, que controla una quinta parte de la web, ya habilitó a los sitios para cobrarles a rastreadores de IA mediante el código HTTP 402, asociado a pago requerido. Ese recurso quedó durante años como una pieza casi dormida de la infraestructura digital. La llegada de pagadores no humanos le dio una función concreta.

La startup TollBit llevó esa idea al terreno comercial. La empresa instaló una suerte de caseta de peaje en miles de sitios de editores, entre ellos la división editorial de The Washington Post y The Philadelphia Inquirer. El sistema cobra a bots de IA por cada página que leen. Cerca de una quinta parte de esos sitios ya obtiene decenas de miles de dólares mensuales.

La mecánica parece simple, pero abre una dificultad enorme. El valor de un agente depende de su capacidad para revisar muchos sitios antes de tomar una decisión. Una orden tan básica como encontrar un televisor barato puede activar decenas de consultas pagas. El viejo aviso cobraba una campaña a un anunciante. El nuevo peaje necesita cobrar microtransacciones a miles de máquinas, muchas veces por fracciones de centavo.

Ahí aparece el cuello de botella financiero. Los sistemas de pago tradicionales no fueron diseñados para procesar cobros tan chicos, tan frecuentes y tan veloces. Entre cargos mínimos, comisiones y procesos de liquidación, cobrar una décima de centavo puede ser más caro que el propio cobro.

Las tarjetas quieren entrar en la caja

La discusión ya pasó del laboratorio al negocio. El 10 de junio, Mastercard presentó Agent Pay for Machines, una plataforma pensada para pagos de bajo valor y alta frecuencia ejecutados por máquinas. El producto apunta justo al espacio que abre la web de agentes. Miles de solicitudes mínimas, cada una con posibilidad de generar una comisión.

Tarjetas de crédito.

Visa avanza en la misma dirección con integraciones para que agentes puedan comprar y pagar en nombre de usuarios. Las redes de tarjetas ven una oportunidad conocida bajo una forma nueva. Durante décadas capturaron centavos en operaciones masivas. Ahora podrían hacer lo mismo con pagos invisibles para las personas, pero centrales para el funcionamiento de internet.

El mapa del dinero muestra dónde se juega la disputa. Un editor puede instalar la barrera, pero no tiene escala para autenticar, calcular y liquidar cada cobro por su cuenta. Cloudflare controla la puerta de entrada. Visa y Mastercard pueden ocupar la caja. El margen, como tantas veces en internet, no siempre queda en quien produce el contenido.

El agente que compró el televisor nunca miró un anuncio. Tampoco lo hará en la próxima operación. Si esa conducta se replica en la mitad de la web, el espacio más valioso online dejará de ser el banner al lado de una nota o de una ficha de producto. El nuevo poder estará en la barrera que decide quién entra, cuánto paga y quién se queda con cada fracción de centavo.

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